El Blog de Emilio Matei
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lunes, 7 de julio de 2014

Nordacas, no tenéis remedio

En medio de un alarmante número de suicidios de cuadros superiores, y no tan superiores, de las grandes empresas tanto privadas como estatales, Francia se va volviendo un ejemplo de políticas dependientes de las finanzas internacionales. Y los resultados son los que se podían esperar. Una gran desestructuración de todos los servicios en inevitable sintonía con la desestructuración de la vida cotidiana.
Los ferrocarriles de Francia decidieron incorporar un nuevo tipo de trenes muy veloces y con mayores comodidades para los trayectos de distancias intermedias. Un total de 341 trenes, dos mil millones de euros. Los trenes se hicieron y esperan desde hace más de diez meses porque los hicieron demasiado anchos para las estaciones. Como el pago de estos trenes se juntaba haciendo una vaquita entre las regiones, ahora quieren que estas paguen los costos del error. Cosa que, por supuesto, las regiones no quieren hacer. En síntesis, nadie quiere poner la platita y la cosa va empezando a juntar polvo. Tal vez algo tenga que ver con eso el hecho de que los saberes sustituyeron a los conocimientos, quién sabe. Cosas del post posmodernismo.

Eso sí, Francia tiene un promedio de puntualidad en sus trenes superior al de Alemania y al de Inglaterra. No sea cosa que alguien crea que son los franceses los únicos irredimibles frente a la famosa precisión anglosajona.


martes, 14 de agosto de 2012

TV tóxica

Nota imperdible publicada por el diario Tiempo Argentino. No importa saber quién es Macri, alcanza con saber que es la máxima autoridad política de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero lo que se dice aquí es mucho más general que las implicancias que pueda tener un evento.
En el artículo sobre la tortura y los medios, propuse que se avise al televidente que la tortura es mala para la salud. Creo que habría que hacer lo mismo con algunos programas de National Geografic, Discovery y otros canales de menor importancia conceptual como Infinity, Metro, etc., aunque no por la misma razón. Contra lo que declaró Sábato en su momento, yo sigo creyendo que las torturas físicas son peores que las terribles que se producen en el alma de los que elucubran sobre la condición humana y algunas otras cosas semejantes. Pero aunque menos traumatizante que un martillazo en la uña del dedo anular de la mano derecha, los daños que pueden producir el estimular el pensamiento mágico, animista o irracional, tanto en adultos como en niños, como hacen esos beneméritos canales auspiciados por empresas prestigiosas, debería obligar a prevenir al espectador. 
Pie Grande y cabrita
Mountain interspecies sex?
Mi propuesta es que se haga algo parecido a lo que se hace en las cajas de cigarrillos, muy correctamente. Debería ponerse algo así como: Material fílmico explícito y tóxico, mejor abstenerse porque daña a la salud mental y social. Y luego sí, cada cual asumiendo el riesgo en plena conciencia, si quiere se puede dar el gusto de ver cómo Pie Grande, una especie de american Yeti, se come a una bella e ingenua cabrita. Aunque no quede claro si, fotografiados juntos y al mismo tiempo con un tremendo teleobjetivo por un fotógrafo estrella, pero algo inexperto, de una cadena informativa líder, el Pie Grande no era, en realidad, un señor que corría haciendo jogging y la cabrita no era más que un peluche abandonado por una niña en una parada higiénica del coche de papá durante un viaje por las Rocallosas. 


¿Qué sucedió con el prestigio de algunas empresas?

Que National Geografic, después de tantos años de divulgar y auspiciar a la ciencia, haya llegado a llenar la tarde de historias disparatadas presentadas como si fueran reales y científicas, es una expresión significativa de la decadencia cultural a la que estamos sometidos. O, en realidad, a la decadencia cultural a la que se somete al gran público. No está tan claro para mí que en el ambiente científico no se siga avanzando con una casi siempre razonable transparencia y claridad, más allá de la competencia que pueda haber entre los científicos y que muchas veces los haga pasar los límites de un comportamiento productivo.

Conocimientos y creencias

Hace poco leí una frase que me inquietó mucho: Hay gente que conoce, la demás, cree. ¿Así se considera al público televisivo? ¿Cómo gente que cree? Y en ese caso y si así fuera, de quién es la culpa y qué se hace para cambiar la situación.

Hace muchos años escuché al desaparecido Dr. Carlos Lavagnino, que por ese tiempo era el director del Observatorio de la Ciudad de La Plata, que el avistamiento de platos voladores se correspondía linealmente con la intensidad de las crisis. La idea me pareció muy rica en implicancias. Creo que se puede extender con facilidad al consumo de la pseudo ciencia en general.
Animales monstruosos aún no descubiertos o supuestamente conocidos por culturas antiguas, enviados de las estrellas de todo tipo, monumentos realizados por míticas civilizaciones extintas y tantas otras historias narradas como verdaderas, ocupan los espacios televisivos de las tardes del cable. Claro que, sin prisa y sin pausa, se van desplazando hacia los prime time.

jueves, 2 de agosto de 2012

Publicidad y lenguaje 1


La relación entre la publicidad y el lenguaje siempre fue un misterio para mí, lo mismo que el nivel cultural de las personas que hacen los guiones publicitarios para la televisión. ¿Hay una razón sostenible conceptualmente detrás de la elección de las palabras y de las ideas que utilizan esas personas? Ellos dicen que sí, que siempre las hay. Yo tengo mis dudas y me inclino, muy a menudo, a pensar que los publicistas sólo son expertos en vender los proyectos a los responsables de las empresas. Y lo que pase entre el producto y su eventual consumidor queda sumergido en una bruma que a nadie le importa demasiado despejar. A lo sumo se espera que si una agencia es conocida y cara, tiene que funcionar. Otro ejemplo de una lógica que es lógica sólo por la comodidad que produce a los que deben utilizarla.
Me parece que muchas veces las agencias se conforman con hacer que el producto sea visto mucho y en todas partes pensando que a la larga si eso sucede el producto se va a vender igual.

Francisco Romero, el filósofo, dijo en alguna oportunidad que la claridad es la honestidad del filósofo.
Asociar claridad a honestidad me parece una de los hallazgos más interesantes sobre el uso del leguaje. Si lo que uno dice coincide con lo que uno quiere decir, hay una intención honesta en la búsqueda de la comunicación. Y en otros casos, por ejemplo donde la elección de las palabras comunica más que el contenido explícito de la frase, habría que ver.
Si uno tiene conocimientos, palabra que casi siempre se opone a la creencia, es casi seguro que uno se formó en las corrientes filosóficas más significativas del siglo XIX, Kant, Hegel, Marx y en el siglo XX el grupo de Frankfurt y, tal vez, Freud. Si uno tiene saberes, en cambio, palabra que remite a una percepción más o menos esotérica e inconciente de la realidad, uno se sentirá mucho más cómodo en las corrientes francesas no marxistas y se sentirá bárbaro con Niesztche, Heideger, Deleuze, Lacan, Baudrillard, etc. Si uno usa frecuentemente la palabra alienación, uno es marxista, al menos de formación. Si uno usa en su lugar a la palabra enajenación, uno es, o fue, además, del Partido Comunista.

Somos gente seria, hablamos poco
En algunas zonas primitivas muy patriarcales el lenguaje es considerado femenino, como cualquier otro alboroto poco funcional al trabajo verdadero. El lenguaje resulta entonces de uso aceptable a lo sumo para dar órdenes. En esos ambientes se suele considerar que sólo los estafadores usan mucho el lenguaje, que se expresa con la calificación despectiva de habla demasiado, con la que se define a la gente que habla mucho y que se presupone que por eso usa la palabra sólo para confundirte e intentar sacarte algo.

Todos usamos el lenguaje con extremado cuidado aunque no seamos concientes de eso. El leguaje nos define de muchos modos, tanto cultural como socialmente. No hay nada más difícil y apreciado que imitar el lenguaje de otro grupo social al que pertenecemos. No como parodia, lo que es relativamente fácil, sino como un disfraz que permitiría mimetizarse en otro grupo. Los grandes actores imitadores como Niní Marshall, por ejemplo, pertenecen a esta última categoría. Y los grandes vendedores, que suelen ser en el fondo, grandes estafadores, también.

Pertenecer tiene sus privilegios, dice un slogan de American Express. Y esos privilegios son buscados muchas veces mediante el uso de un idioma particular. Esta búsqueda del idioma preciso para obtener alguna ventaja social o para sentirse socialmente integrado a un grupo al que por derecho propio no se pertenece, es el objetivo de muchas vidas. A veces, cuando se trata de trepar socialmente, se lo define como esnobismo. Y mucha gente se autodefine como esnob, dice de sí misma que es esnob porque le gustan las cosas lindas. Cuando en realidad se está refiriendo, en todo caso, al dandismo. Y se horroriza y trastabilla cuando uno aclara el concepto y usa como definición de esnob a una persona que trata de imitar a lo que cree que es el comportamiento de las clases altas.

César, en la Guerra de las Galias, utiliza un lenguaje que evita los arcaísmos, los neologismos, las palabras con connotaciones poéticas, el lenguaje técnico y los términos inusuales. La idea de César es que lo importante son los hechos y no su narrador. Y no por eso deja de ser considerado un purista de la lengua y un gran escritor. Cesar, un hombre cuya grandeza, elegancia y origen no estaba en discusión en su época, no necesitaba de un lenguaje rebuscado para impresionar o disfrazarse. Sólo quería contar la Guerra de las Galias. De una forma, claro, que resultara favorable para él.

Entonces a qué vienen hoy las palabras rebuscadas y abstrusas que se suelen usar en las publicidades televisivas. Cuál es la relación entre lo abstruso y lo científico. ¿Si es incomprensible o difícil de entender es bueno? ¿Los que hablan difícil saben mucho? O son solo estafadores disfrazados detrás de un tsunami de palabras.

Por ahora, y entre tantas otras cosas imprescindibles, aprendí que si a uno le duelen los dientes cuando toma algo frío es porque tiene algún problema con los túbulos dentinarios y si quiere refrescarse las piernas no hay como darle a los triglicéridos caprílicos, que a mi me suenan a grasa de chivo. ¡Puaj!