El Blog de Emilio Matei
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lunes, 1 de septiembre de 2014

Un poco de caos en el orden

Irene Gruss

El tiempo que demoras en terminar cada cosa

El tiempo que demoras en terminar cada cosa
igual al de las cosas a medio hacer.
Nada perturba:
ni la conciencia ni la ensoñación de ver algo
hecho y cerrado.
A modo de hilván y a medias todo. 
Que un límite no cierre lo que no quieres cerrar: parece más vivo
lo inacabado. Allí el vestido sin doblar,
allí los hijos, idos; así un final, como un principio, entremezclado y sucio
de arena del reloj.
Así irresuelta, desparramado un eco, 
la brasa sin atizar. 

Henri Lefebvre
En "Position : contre les technocrates", Henri Lefebvre (1901-1991), filósofo marxista a menudo considerado trotskista por sus conflictos con el estalinismo, planteaba, entre otras cuestiones, que el orden era necrofílico, que la vida estaba sólo en el desorden. Y qué mayor desorden, qué mayor placer vital, hay en la obra no terminada, como expresa más arriba Irene Gruss en la percepción del mundo y en el lenguaje subjetivo de la poeta.

¿Dónde se expresa el trabajo más cabalmente, en el escritorio con todo en su lugar o en el caos de papeles?


Todo lo inconcluso es, por su propia naturaleza, desordenado, muchas veces caótico, a la espera de decisiones y correcciones.
Tal vez una de las mayores expresiones de la belleza de lo no acabado sea la Pietà de Michelangelo que está en el Duomo de Florencia. Ahí la imperfección, lo inconcluso, las tensiones irresueltas con su a veces cruel vitalidad, comunica mucho más el dolor de María por la muerte de su hijo que en la Pietà más conocida, la que está en San Pedro, en su exquisita perfección.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Pensar el arte

El problema no es lo que siento sino lo que soy capaz de expresar. Por eso, en cualquier expresión de arte, está la presencia del otro. Cuando se dice que uno crea para sí mismo lo que se está haciendo es priorizar la masturbación a la relación sexual.

El arte siempre implica la comunicación. Y para que haya comunicación tiene que existir el otro, el receptor, el que va a vibrar al unísono cuando la obra sea verdadera.
No se trata de que el artista sienta. Ni que sus sentimientos lo desborden. Todos los seres humanos sienten y eso no los convierte automáticamente en artistas, del mismo modo que todos los seres humanos piensan y eso no los convierte en filósofos. Se trata de la capacidad de comunicar esos sentimientos, esa mirada particular y subjetiva sobre el mundo o una parte de él, lo que agrega la condición de artista a una persona.
Tampoco comunicar alcanza. Todo ser humano comunica con sus gestos, con su comportamiento, con su lenguaje. La obra de arte establece una comunicación diferente que le es propia. Una en la que las reglas son específicas, aconceptuales, sintéticas y muchas veces irrepetibles. Toda obra de arte establece en su interior una nueva regla tan particular que, la mayor parte de las veces, muere en ella misma. Por eso la sensualidad no alcanza, la creación artística tiene una necesidad imperiosa de un orden. Orden casi siempre nuevo, creado para ella. Y ese orden es el que controla los sentimientos que dejados en total libertad le quitaría esencialidad, humanidad, a la obra.