Los barrios cerrados, como los
yates, definen con mucho cuidado la alteridad. Quién es el otro. Pero no pueden
vivir sin él. Entonces ¿cómo hacer para mantener las distancias cuando el otro
está ahí, pegado a nosotros, cuidando, limpiando, cocinando, manejando o
reparando?
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El problema no tiene solución en
el mundo real. Sí en la psicología del amo, propietario, dueño, privilegiado,
ahí sí. En ese sentido hay algunas técnicas. Lo no nominado no existe, se dice.
Borges fue un fanático de esa idea. Pero tampoco es cuestión de innominar tanto
al sirviente, que desaparezca por completo y deje de servir. Por lo tanto, hay
que negociar. Y la negociación suele terminar con un sustantivo que le quite
toda especificidad. La generalización suele ser una buena forma de deshumanizar
al sujeto convirtiéndolo en no mucho más que un concepto.
En los yates, que llamo así
aunque no me guste el anglicismo, pero es el que mejor define a qué me estoy
refiriendo, o en la jardinería, para tomar sólo dos ejemplos, el encargado pasa
a ser el hombre. “Decile al hombre
que no venga esta semana, hizo frío y el pasto no creció”, “Decile al hombre
que salimos el martes de mañana, que llene la heladera”.
Y así el hombre, al que no se ve por definición, sabe cuándo estamos y
cuándo no, cómo nos llevamos con los hijos o con nuestras parejas, cuánto
queremos o cuánto odiamos a nuestros padres, si recibimos a un amante de
nuestro propio sexo o del otro, si somos swingers
o si nuestra casa se convierte en un garito clandestino todos los jueves.
El caso más paradigmático es el
de los yates no demasiado grandes. El camarote principal, el único o al menos
el que tiene una cama doble, suele estar a proa. Pero la proa de un barco es
muy angosta, por lo que siempre queda un espacio triangular más allá de la cama
señorial. Y allí, a dónde hay que introducirse por un espacio mínimo aislado de
la cubierta por una tapa, que en náutica se suele llamar tambucho, aislado apenas por una pared de terciado, duerme el
hombre. Duerme mal, en un espacio mínimo y casi vertical, a centímetros
apenas de las cabezas de los patrones, para los que él no es más que un objeto,
casi una parte del patrimonio, que cobra más por estar a disposición que por el
trabajo que realiza: no trabaja casi nada, qué barbaridad.
Pero el hombre tiene oídos.
La recomendación para los que
usan de los hombres es que busquen la
definición de mercenario y que luego, munidos de ella, lean “El Príncipe”, de
Niccolò Machiavelli.
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