El Blog de Emilio Matei

domingo, 13 de enero de 2013

Crónica de una originalidad alternativa en tiempos de crisis

Hace unos años, a principios de los 2000, tenía amigos en Villa Rosa, ese Bolsón trasplantado a las proximidades de Pilar.
Allí se vivía un paraíso de pocas necesidades de puertas abiertas a quien quisiera entrar. Por ese tiempo todavía las villas miseria no habían llegado, aunque, en la medida en que el pueblo de Pilar crecía, se aproximaban. Lo que era mirado con una cierta preocupación por parte del mundo alternativo semijipi que había conseguido allí un lugar donde ser. A la larga van a llegar, me dijo un amigo, mientras hundía palillos en incienso líquido que luego de una hora y media de tren, si el tren funcionaba, vendería en la feria artesanal del barrio de la Recoleta, todo es efímero.

Las personas de esa zona, más que nada los más jóvenes, se fueron agrupando por afinidades y entre ellas mantenían un estatus no beligerante, una convivencia notable y sin violencias, apenas separados los que se drogaban poco de los adictos irrecuperables que vivían en el ocaso perpetuo de su mundo sórdido. Como había unas cuantas casas desocupadas desparramadas por ese campo tan próximo a la urbe, las tribus las fueron ocupando
Con esténciles imprimieron el consabido gato asustado de los okupas al lado de las puertas de entrada y hasta tuvieron su propia radio clandestina que los representaba a todos sin distinción y que pasaba música más bien neutra y popular durante las horas que la falta de publicidad paga les dejaba libre, que eran la mayor parte.

Los mayores, en cambio, solían vivir en parejas, en sus propias casas casi siempre hechas o al menos extendidas a pulmón, acompañados por sus hijos cuando eran chicos o por los periódicos retornos de los más grandes cuando querían volver a comer bien o a dormir al menos una noche un poco más tranquilos. Y como dije, por quién anduviera por allí tarde de noche con la necesidad de un lugar para reposar.

Debo reconocer que los que conocí eran muy buena gente. Allí se podía caer en cualquier momento y compartir un mate o un bife con ensalada cultivada en el fondo, según la hora del día, sin que nadie preguntara nada ni pidiera nada.

Todos se sentían creativos y libres. Y bastante libres eran, sin lugar a dudas. Libres de cantar, bailar, tener una educación básica o nula, hacer trabajos artesanales casi siempre los mismos, no leer casi nada, dormir en cualquier lado y, aunque un poco menos y sin demasiad entusiasmo, con cualquiera.
El tema era tener una vida propia, de uno mismo, original y exclusiva. Cosa que se conseguía vistiendo y pensando según los códigos de la tribu correspondiente, darks, punks o lo que fuera. Cada grupo trataba de diferenciarse definiendo la forma de peinarse, vistiendo la misma ropa, escuchando la misma música y usando los mismos colores. Todos sus miembros se sentían verdaderamente originales.
Un día, comiendo con mis amigos, la dueña de casa me dijo que había un muchacho que sufría mucho. Era el hijo de un comisario de por ahí que usaba una mezcla de ropas de cada una de las tribus: pantalón de una, saco de otra, zapatos de otra. Pobre muchacho, me dijo mi amiga, tiene una gran confusión, quiere ser original y no le sale.

Pilar siguió creciendo y llegó la crisis hasta que por fin la villa miseria cruzó la vía del tren, barrera que en una época había parecido infranqueable, y vació a las casas, hasta ese momento sin llaves en las cerraduras.
Y los habitantes anteriores se fueron a Europa, se divorciaron, volvieron con padres y abuelos en los barrios de Buenos Aires o negociaron y algunos se volvieron villeros ellos también, los que no pudieron seguir viviendo del desprendimiento o de la amabilidad jiposa y no tenían a dónde ir a arrastrar su fracaso.



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